El Nobel de Medicina 2026 y su vínculo con Ingeniería UTalca
El académico Ingo Dreyer, del Centro de Bioinformática, Simulación y Modelado, publicó dos estudios con Georg Nagel, uno de los tres premiados. Desde Talca aportó el modelado matemático que ayudó a descifrar la vida eléctrica de las plantas.

Académico Ingo Dreyer, del Centro de Bioinformática, Simulación y Modelado UTalca.
Todo comenzó con una pregunta de ciencia básica: ¿cómo percibe la luz un alga que no tiene ojos? Responderla llevó a Peter Hegemann y Georg Nagel a descubrir las canalrodopsinas, proteínas que transforman la luz en señales eléctricas. Luego, Karl Deisseroth las convirtió en interruptores para encender y apagar neuronas. Por ello, el 5 de octubre se anunció que los tres recibirán el Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026.
Una hebra de esa historia llega hasta la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Talca (UTalca). El académico Ingo Dreyer firmó junto a Nagel dos artículos científicos, publicados en PNAS (2020) y Science Advances (2021). En ellos, la herramienta premiada se usó para estudiar las señales eléctricas de las plantas.
«Desde hace ya algunos años se especula con que el descubrimiento de la optogenética podría ser galardonado en algún momento con el Premio Nobel. Por eso, lo primero que pensé fue: por fin ha llegado el momento», comentó Dreyer.
Un físico que aprendió el idioma de la biología
Dreyer estudió Física en la Universidad de Hannover, en Alemania. Allí se especializó en biofísica con Rainer Hedrich, quien había trabajado en el grupo de Erwin Neher, Nobel de Medicina 1991. El salto no fue sencillo: entender cómo se piensa en biología, recuerda, fue «como aprender un nuevo idioma». En ese cruce encontró su especialidad, el análisis de mecanismos biológicos y su modelación matemática.
Su llegada a Chile comenzó con un correo. Se lo envió Wendy González Díaz, entonces estudiante de doctorado de la UTalca, para consultarle sobre los canales de potasio de las plantas. «En esta época solo sabía que Chile existía como país», admite.
Aquel mensaje abrió una colaboración que lo trajo a Talca en 2009 y que, más tarde, le valió el Premio a la Excelencia Abate Juan Ignacio Molina, de la Fundación Alexander von Humboldt y la entonces Conicyt (hoy ANID). Así, en 2013, la Universidad lo invitó a quedarse. Hoy dirige el Laboratorio de Señalización Eléctrica en Plantas del Centro de Bioinformática, Simulación y Modelado (CBSM), donde encontró algo poco común en la ciencia: «No solo somos colegas, sino también amigos».
La luz de vuelta a las raíces
La colaboración con Nagel surgió en Würzburg, junto al equipo de Hedrich. Allí, el interruptor de luz que había salido de un alga para estudiar el cerebro hizo el camino inverso: se instaló en plantas, parientes cercanas de aquella alga, para descifrar sus propias señales eléctricas. Dreyer lo describe, con un juego de palabras, como un regreso «de vuelta a las raíces».
«Al encender y apagar la luz azul se puede generar un impulso eléctrico», explica. Así, por primera vez, fue posible estimular una planta con precisión y sin dañarla. En el estudio de PNAS, el equipo comprobó que la recuperación eléctrica de la célula depende sobre todo de su bomba de protones, a diferencia de las neuronas animales.
En Science Advances, en tanto, otro interruptor de luz logró cerrar en unos 15 minutos los estomas, los poros de las hojas. El hallazgo importa porque esos poros regulan el agua y el CO₂. «Sin intercambio de aire, las plantas no recibirían CO₂ y morirían de hambre. Si el intercambio de aire fuera excesivo, se evaporaría demasiada agua de las plantas, por lo que morirían de sed», detalla el académico.
La esperanza, agrega, es cultivar plantas «que sean capaces de soportar mejor la sequía, el calor u otras condiciones ambientales adversas», un desafío cercano para una región agrícola como el Maule.
Ecuaciones desde Talca
Aunque los experimentos se realizaron en Alemania, el aporte de la UTalca estuvo en interpretarlos. «Los datos experimentales son solo una cara de la moneda en la investigación. También hay que interpretarlos y sacar las conclusiones correctas. Para ello, los modelos son de gran ayuda», sostiene Dreyer.
Según explica, los modelos matemáticos permiten recrear un fenómeno biológico mediante simulaciones computacionales y ensayar escenarios imposibles de abordar en el laboratorio. Solo los más prometedores pasan luego a la prueba experimental. El resultado es más conocimiento en menos tiempo y con menos recursos. Con humor, agrega que en Talca «ya nos hemos ganado la reputación internacional de que no estamos entre los peores del planeta en el modelado de mecanismos en las plantas».
Para el investigador, una Facultad de Ingeniería es el lugar natural para esta ciencia. «Aquí el problema es lo más importante y luego se buscan soluciones, sin importar de qué disciplina provengan», afirma.
Esa convicción inspira su mensaje a quienes hoy ingresan a Ingeniería: «Todos tenemos un potencial que nadie puede prever de antemano. Este potencial se revela cuando uno sigue sus intereses y su curiosidad. Que este camino lleve de Talca a París o a Londres (o a Estocolmo) depende de muchos factores, entre ellos la suerte».